(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Biodiversity Heritage Library | Children's Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "El hermano : comedia en un acto"



pL HERMANO 




I 

EL HERMANO 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/elhermanocomedia3427daud 



ALFONSO DAUDET 

EL HERMANO 

COMEDIA EN UN ACTO 

VERSIÓN CASTELLANA DE 

G. MARTÍNEZ SIERRA 

SE REPRESENTÓ POR PRIMERA VEZ 
EN EL TEATRO DEL PRÍNCIPE ALFONSO, DE MADRID, 



LA NOCHE DEL I 3 DE DICIEMBRE DE 



i9o8 




madri;d 

TIPOGRAFÍA DE LA REVISTA DE ARCH., BIBL. Y MUSEOS 

Infantas, 42, bajo. 
1909 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, 
sin su permiso, reimprimirla ni representarla en Es- 
paña ni en los países con los cuales se hayan celebra- 
do, ó se celebren en adelante, tratados internacionales 
de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad 
de Autores Españoles son los encargados exclusiva- 
mente de conceder ó negar el permiso de representa- 
ción y del cobro de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



í 



MADRID.— Tipograh'a de Archivos. 



REPARTO 



Agustín Sr. Porredón. 

Andrés — Montenegro, 

Clara Srta. Rodríguez, 

Juan Sr. Infiesta. 



671 023 



ACTO ÚNICO 

Un salón en una casa de campo.-Puerta en el fondo que 
da á un pórtico con marquesina.~En el horizonte, monta- 
fías.-Puertas laterales.-A la izquierda, una chimenea.- 
En el fondo del salón, á la derecha, un piano. -En primer 
término, á la derecha, una ventana que da al campo. 

ESCENA PRIMERA 
Agustín y Juan. 

Al levantarse el telón, la escena está vacía.-AcusTÍN apa- 
rece en el fondo bajo la marquesina y mira lentamente en 
derredor suyo.-JuAN le sigue lleno de asombro. 

Juan, entrando. 
¡Acabará este señor por decir lo que quiere! 

Agustín, en el pórtico. 
¡Ni el jardín, ni la casa... nada ha cambiado... 
nada! Los árboles no han crecido. Entra y mira á de- 



'^ ALFONSO DAUDET 



recha é izquierda. Los muebles son los mismos de 
siempre. 

JUAN, tímidamente. 

Por lo visto el señorito conoce la casa. 

Agustín. 
Esta mesa... estos sillones... Y los candelabros... 
los candelabros que eran de nuestro abuelo... nada 
ha cambiado de sitio. Se acerca á la chimenea. 

Juan, aparte. 

Puede que sea ese señor de Perpiñán que tiene ¡ 
que venir á componer el reloj. 

Agustín, delante de la chimenea, en pie. 

¡Qué emoción tan extraña me causa ver todas 
estas cosas! 

Juan. 
Sí que llega usted á tiempo, porque el reloj anda 
como loco hace cosa de dos meses, y creo que al 
mío de bolsillo no le vendría tampoco mal un poco 
de aceite. 

Agustín, se aleja de la chimenea y sigue mirando por 
todas partes hasta que se detiene delante del piano. 

¡Un piano! ^Para qué? a Juan. ^'Quién toca aquí 
el piano.^ 



EL HERMANO ^^ 



Juan, estupefacto. 
^Eh? ¿Que quién toca el piano? Vaya una pre- 
gunta. ¡La señora! 

Agustín. 

Parece que han aprendido á tocar el piano desde 
que me marché. ¡Hay tiempo de aprender tantas 
cosas en cuatro años! 

Juan, aparte. 
¡Vamos, ya entiendo! No es el señor de Perpiñán 
que iba á venir á arreglar el reloj; pero de seguro 
es el otro señor de Perpiñán que tiene que venir á 
afinar el piano. 
p^ Agustín. 

¡Qué es esto! ^Qué me pasa? Se me doblan las 
piernas; se me va la cabeza... Cae sentado á la iz- 
quierda. 

Juan. 

¡Me gusta! El -buen señor no se anda con chi- 
quitas. Eh, caballero; si no quiere usted decir 
quién es, no puede usted quedarse aquí más tie-^ po. 

Agustín. 
¡Muy bien dicho! ^Cómo te llamas? 



12 ALFONSO DAUDET 



Juan. 

Me llamo... me llamo como me pusieron en la 
pila, y le advierto á usted que si viene usted con 
ánimo de molestar, aquí también sabemos dónde 
nos aprieta el zapato. 

Agustín. 

Vamos, cálmate, montañés arrogante. Vamos á 
ver: ¿sabes dónde está tu amo? 

Juan. J 

El señorito ha ido á visitar una viña, aquíá dos 
pasos de casa, y pronto le puedo ir á buscar, si es 
que no me basto y me sobro solo para ponerle á 
usted de patitas en la calle. 

Agustín. 
Pues mira: vas á ir en seguida á buscar á tu amo 
y le dices que hay aquí un caballero que quiere 
hablarle. ; 

Juan. 
¿Qué caballero? 

Agustín. 
Que venga y lo verá; y en pago de todo el mal 
humor que te estoy causando hace un rato, toma 
esto, que te tranquilizará de seguro. Le alarga una 



ELHKRMANO '^ 



moneda de plata. Tómalo, hombre, no tengas miedo, 
que no es falsa. 

Juan, tomando la moneda. 
La verdad es que no parece usted mala persona, 
y voy á complacerle á usted avisando al señorito. 
Pero... Se acerca á la puerta andando de espaldas. Como 
todavía no le conozco á usted mucho y mientras 
yo me voy va usted á estar solo en casa, con per- 
miso de usted cerraré la puerta; es decir, no hace 
falta, porque allí viene el señorito. 

Agustín. 
^Solo? ¡Corazón, más despacio! 

ESCENA II 
Agustín, Juan y Andrés. 

Andrés entrando, muy sorprendido. 
¡Agustín! 

Agustín se levanta, y con los ojos llenos de lágrimas alarga 
los brazos á Andrés, que se precipita en ellos. 

¡Andrés! ¡Andrés! 

Quedan un momento estrechamente abrazados. 



ALFONSO DAUDET 



Andrés. 

Deja que te mire; me parece que no te he vist¿ 
nunca. Eres tú, tú, Agustín, mi hermano Agustíi ' 
nuestro Agustín. 

Agustín, sonriendo. 

Agustín en persona. Otro abrazo... ¡No puedes 

ügurarte la alegría que es para mí volver á verte! 

Andrés. 
Pero... dime: ^xómo? ^-cuándo? ^-por qué.?^ Habla; 
no, no hables, primero siéntate. ¡Ajajá! Ya no te 
vuelves á marchar, ^eh.^ Has vuelto para siempre, 
.^verdad? 

Agustín. 
Sí, sí, ¡para siempre! 

Andrés. 
^No te separarás ya nunca de nosotros? 

Agustín. 
¡Nunca! 

Andrés. 
,iNos lo prometes? 

Agustín, sonriendo. 
jOs lo prometo! 



EL HERMANO 



i5 



Andrés , yendo y viniendo por la habitación como loco. 

¡Dios mío, Dios mío, qué alegría! Agustín, Agus- 
tín ha vuelto. ^Cómo acostumbrarme á creer que 
es verdad? ¡Agustín ha vuelto! 

Agustín. 

j Ay, chiquillo, qué gusto me da verte correr por 
la casa como cuando eras pequeño! 

Andrés. 

Es que no he cambiado, soy como siempre: el 
niño, ya verás. 

Agustín. 

Ya lo veo... Y á mí, ^me encuentras cambiado? 

Andrés. 

A ver... sí, un poco. Señor: ¡ya tienes canas! 
^Es posible á tu edad?.. ¿Has sufrido mucho desde 
que te marchaste? 

Agustín. 

Yo... ¿sufrir? No. Unsolterón no sufre nunca... 
Son los viajes; ¿quién sabe? Al pasar por Terra- 
nova puede que me haya caído en la cabeza un 
poco de nieve. Pero ella se derretirá con este sol 
tan hermoso. 



1 6 ALFONSO DAUDET 



Andrés. 
^Terranova? ^jHas ido á Terranova? ¡Ya es un 
viajecito! Verdad es que en cuatro años hay tiempo 
de ir á Terranova... de ir varias veces, y hasta de 
volver como tú has vuelto. Pero ^dónde has dejado 
el coche? ^Dónde tienes el equipaje? ¿Por dónde 
has venido? 

Agustín. 

Gomo quería llegar sin armar ruido, para sor- 
prenderos un poco... 

Andrés. 
I Un poco! 

Agustín. 
He dejado el coche detrás de los olivos de San 
Vicente y he venido paseando. Ahora, que hagan 
el favor de ir á buscarle y bajar los baúles. 

Andrés, aparte. 
Ya lo oyes, Juan. 

Juan, que estaba retirado, respetuosamente se acerca. 
Está bien, señorito. 

Andrés. 
Anda á decir al cochero que acerque aquí el co- 
che. Subes los equipajes del señorito á su cuarto. 



EL HEKMANO 1/ 



Porque tu cuarto está como siempre, Agustín; 
nadie lo ha tocado. Puede que esté un poco frío. 
^jQuieres el mío? Eso es, el mío. ¡Qué tonto soy! 
Toda la casa es tuya; de modo que te instalas 
donde te parezca. 

Agustín, riendo. 

Déjame en paz de cuartos. ^Qué importa el 
cuarto siendo en la casa de los que quiero? 

Andrés. 

Tienes razón. A Juan. ¡Listo!., y si encuentras... 
ya sabes... ni una palabra. 

Juan. 

Sí, señorito. ^-Detrás de los olivos ha dicho el 
señorito? 

Agustín. 

Sí. Ah, oye: en el coche hay una cajita blanca; 
esa no la subas con los baúles: tráela aquí en se- 
guida. A Andrés. Una sorpresa, ^-sabes? 

Juan, riéndose. 
Para la señora; cualquiera lo adivina. Sale. 

2 



ALFONSO DAUDET 



ESCENA III 
Agustín y Andrés. 

Andrés, en pie, delante de Agustín. 

¡Cuatro años! ¡Cuando pienso que hace ya cua- 
tro años! ¡Cuatro años sin verse, Agustín! 

Agustín, con un poco de azoramiento. 

^ A qué hablar del pasado? Ya estamos reunidos; 
^qué más podemos desear? 

Andrés. 

Es que, ya ves tú, aunque pasemos juntos todo 
lo que nos queda de vida, siempre me faltarán 
cuatro años en la cuenta. ¡Por mucho que hagas, 
me los deberás siempre! 

Agustín, sonriendo. 
Ya ves que me arrepiento. No me riñas más. 

A-NDRÉS. 

Tienes razón: se acabó. Más bajo. Sin embargo, 
un día ú otro tendrás que confesarme qué es lo que 
te hizo huir de nuestra casa, de esta casa en la que 
habíamos jurado vivir y morir juntos; ¡esta casa 
donde murieron el padre y la madre! La verdad, 



EL HERMANO IQ 



ia verdad, ¿qué te pasó? Porque ya ves tú, es raro, 
nosotros que éramos tan felices, que habíamos vi- 
vido siempre tan unidos... 

Agustín. 
Basta, te lo pido. Me hace daño oirte. Sí, An- 
drés, cualquier día sabrás lo que quieres saber, te 
lo prometo: te lo diré todo; pero más tarde. Hoy 
me costaría demasiado confesártelo. Hablemos de 
ti, de vosotros, de tu felicidad y la suya; cuéntame 
vuestra vida, vuestra hermosa vida, que tanto de- 
seo conocer y que será la mía de hoy en adelante. 
jQué felices vamos á ser los tres! 

Andrés. 
Sí, muy felices... ¡Y pensar que te he llegado á 
aborrecer! Sí, he pasado meses enteros aborre- 
ciéndote, pero de verdad. ¿No lo crees? Había 
prohibido que pronunciasen tu nombre delante de 
mí; verdad es que yo era el primero en olvidar la 
prohibición. 

Agustín, bajando la voz. 

También ella se debió enfadar mucho conmigo, 
¿verdad? 

Andrés. 
¿Ella? ¿Ella?... ¿Hablas de Susana? 



20 ALFONSO DAüDET 

Agustín. 
¡Naturalmente! 

Andrés. 

¡No, la pobre, no! No estuvo nunca enfadada 
contigo. ¡Nunca supo enfadarse con nadie! 

Agustín. 

Es verdad; pero te quería tanto, que bien hu- 
biera podido odiarme un poco por cariño hacia ti. 

Andrés. 

No, no...; es decir, creo que no... Además, Su- 
sana no hablaba casi nunca de ti; no pronunciaba 
tu nombre, por temor á disgustarme, sin duda. 

Agustín, á quien estas últimas palabras han hecho 
estremecer. 

Sí, comprendo. Silencio corto. ¡Cómo OS queríaiSy, 
Andrés, cuando me marché! 

Andrés, bajando la cabeza. 
¡Es verdad, nos queríamos mucho! 

Agustín, mirándole atentamente. 

Y ahora, ^-eres tan dichoso como entonces?^ 



EL HERMANO 21 



Andrés. 

^Por qué me preguntas eso, Agustín? De sobra 
sabes que no puedo contestarte. 

Agustín. 

¿Por qué? ^Qué dices? ^ Acaso tu felicidad no lo 
es mía también? ^Por qué no quieres que te pre- 
gunte si eres feliz? 

Andrés, haciendo un esfuerzo. 

^Es de mi felicidad presente ó es de mi felicidad 
pasada de la que quieres que te hable? 

Agustín. 

¡No... no te entiendo, Andrés! Dices unas pala- 
bras tan extrañas. Cualquiera que te oyese creería 
que ha pasado en tu casa algo que yo no sé... 

Andrés, espantado. 
^Cómo? ^No sabes? 

Agustín. 

^Qué? ^Qué quieres que sepa? ¡Yo que he vivido 
cuatro años lejos de aquí, al otro extremo del 
mundo! ¡Habla, habla pronto, por Dios, que me 
estás matando! 



22 ALFONSO DAUDET 



Andrés. 

¡Ay, Señor, Señor... y yo que no te decía nada í 
¡La alegría de volverte á ver me ha vuelto loco! 

Agustín, mirando en derredor con inquietud. 
ePor qué no está aquí Susana.^ Corre á la puerta 
del fondo y llama. ¡Susana! ¡Susana! Volviendo de re- 
pente al lado de Andrés. ¡Susana! Andrés, ^'dónde está 
Susana.^ 

Andrés. 

¡Susana ha muerto! 

Agustín. 
¡Muerta! ¡Susana ha muerto! ¿Qué dices.^ No es 
posible; ¡por Dios, Andrés, dime que no es verdad! 

Andrés. 
Susana ha muerto. 

Agustín. 
¡Señor! ¡Y para oir esto he vuelto yo! ¡Ay, los 
pobres ausentes saben á veces extrañas noticias á 
la vuelta! Páusa. Andrés, dame la mano, tu mano 
querida. Tu desgracia es mía también, y bien 
cruel, te lo juro. ¡Pero no importa! A través de 
nuestras lágrimas aún debemos dar gracias al cielo 
que me envía á tu lado para ayudarte á sufrir tu 
dolor. Llorando juntos, las lágrimas son menos 



i 



EL HERMANO ^ 



amargas. Soltando la mano de Andrés. Dime, ¿hace 
mucho tiempo que se ha muerto que tú no llevas 

luto ya? 

Andrés. 

P Tres años. 

Agustín. 

¡Tres años... Dios mío! 

Andrés. 
imposible mandártelo á decir. No he sabido 
nunca dónde estabas. 

Agustín, gravemente, después de una pausa. 
No importa, Andrés. El luto de una pena tan 
grande se debe llevar siempre. Con exaltación. La 
manodeDios me ha traído aquí... ¡Muerta!.. ¡Muer- 
ta!.. Hay palabras que se pronuncian sin poder 
llegar á comprenderlas. 

ESCENA V 
Dichos j J'^AN. 

Juan, cantando muy alegre. 
«La pena y la que no es pena 
todo es pena para mí...» 



.^4 ALFONSO DAUDET 



Se detiene en la puerta con un látigo en la mano izquierda 
y una caja al hombro. Señorito: el coche está á la 
puerta, y... 

Andííés. 

iVete, vete! ^-Me has oído? Te he dicho que te 
vayas. 

Juan, entregando la caja á Agustín. 

Señorito... si es la caia... la caja que el señorito 
me mandó traer. 

Agustín, levantando la cabeza. 
^•Qué.^ ^-Qué dices.^ ¡Ah, sí: ya sé lo que trae! 
No podía llegar más á tiempo Cogiendo la caja. Adi- 

vmaloquehayaquídentro.Joyas...para la muerta. 
Devolviendo la caja á Juan. En las novelas pasan co- 
sas así. 

Andrés. 
Vete, Juan. 

Juan. 

Ya me voy, ya... es que le iba á decir al señorito 
que la señorita está en su cuarto, y que... 

Agustín. 
jLa señorita! 



EL HERMANO 25 



Andrés, lanzándose hacia él. 
Sí... SÍ...; ahora te diré... 

Juan. 

Y como me figuraba que los señoritos querían 
darle una sorpresa, quería avisarles antes de que 
baje. 

Clara, fuera. 

Ya sé quién es, ya sé quién es. Lo he adivinado, 
y estoy segura de que no me equivoco. 

Juan sale. 

ESCENA V 
Agustín, Andrés y Clara. 

Agustín, de espaldas á la puerta de la izquierda. 
¡Señora! 

Clara, á Andrés. 

¿Es él, verdad? Ese ingrato de quien tanto me 
has hablado... Le conozco, le conozco; tenemos 
su retrato arriba. Acercándose á Agustín. Buenos días, 
hermano. 

S Agustín, retrocediendo, en voz baja. 

w 

' ' ¡Es posible, Dios mío! 



2^ ALFONSO DAUDET 



Andrés, sonriendo tímidamente. 
Mi mujer, Agustín. 

Clara. 
Su hermana de usted, Agustín. 

Agustín. 
Usted no es mi hermana, señora. 



¡Agustín! 



Andrés, suplicante. 
Agustín. 



¡Mi hermana se ha muerto! { 

Clara. | 

.¡1 

^Quiere usted que yo intente sustituirla? i 

Agustín, volviendo la cabeza. 
¡No, no! ¡Estoy soñando! 

Andrés, bajo, á Clara. 

Vete, vete. Ahora tiene una pena muy grande.. 
Un poco más tarde... cuando esté más tranquilo... 
Vamos, Clara. 

Agustín, á media voz. 
¡Clara!.. Se llama Clara; la otra se llamaba Su- 
sana... Clara... Susana... ¡Susana es un nombre 
mucho más bonito! 



EL HERMANO ^7 



Andrés, á Clara. 
Haz el favor. 

Agustín, muy suavemente. 

¡No, no! Quédese usted, quédese usted. No 
quiero molestar á nadie; mejor hubiera hecho eii 
no venir... eso es todo. Va hacia la puerta. 

Andrés. 
¡Marcharte! ¿Tq quieres marchar? ¡Me quieres- 
dejar otra vez! Pero ^qué te he hecho. Dios mío? 

Agustín. 
¡Es preciso que me vaya! 

Clara. 
Soy yo quien le hace huir á usted, ¿verdad? 
¡Tanto me odia usted! 

Agustín. 
¿Por qué la he de odiar yo á usted, señora? No 
la conozco á usted, no quiero conocerla. 

Andrés, en tono de reproche. 

¡Agustín! 

Agustín. 

Ya ves cómo es preciso que me vaya... sime 
quedase aquí siquiera un momento, podrían esca- 



^* ALFONSO DAUDET 



párseme ciertas palabras... que vale más que na^ 
die oiga... Se dirige hacia la puerta. 

Andrés, poniéndosele delante. 
Agustín, hermano, habíame; dime qué te he he- 
cho, qué es lo que tienes que echarme en cara. 
jPero, por Dios, no te vayas así! 

Agustín, volviendo con él al centro de la escena. 
^•Quieres que hable .^ 

Andrés. 
¡Sí; quiero! 

Agustín. 
Entonces, escucha. ^-Te acuerdas de los cuentos 
que te contaba cuando eras niño.?^ Pues un cuento 
como aquellos es el que te voy á contar antes de 
marcharme. El último, eso sí, el último. Oye bien. 
Eran dos hermanos que se querían mucho. Como 
€l destino les dejara huérfanos muy pronto, el ma- 
yor de los dos servía de padre al otro y le había 
dado toda su vida. Un día, en aquel corazón con- 
sagrado al amor fraternal, nació un cariño de otra 
clase. El mayor de los dos hermanos se enamoró: 
se enamoró perdidamente, pero al principio luchó 
contra su amor. El pobre hombre se decía á sí 



EL HERMANO ^9 



mismo que no tenía derecho á apasionarse así, que 
su antiguo cariño hacia el hermano se iba á ver 
sacrificado al nuevo. Mientras luchaba en lo más 
hondo de su alma... y la lucha era dura, por- 
que la pasión le había cogido de firme, su hermano 
pequeño... una mañana, vino á echarse en sus bra- 
zos con el grito de guerra de los enamorados de 
veinte años.-¡Quiero y me quieren!-^Y cómo se 
llama esa mujer á quien quieres y que te quiere? 
^-preguntó el mayor sonriendo. Cuando supo el 
nombre se puso muy pálido... porque... los dos 
querían á la misma mujer. 

Andrés, precipitándose hacia él. 

^Qué dices? 

Clara, bajo. 

¡Ahora comprendo! 

Agustín. 

Ante la confesión de su hermano, el mayor de 
los amantes se creyó obligado á ahogar la pasión 
de su alma. Como no había hablado á nadie de su 
amor, nadie supo lo que sufría. Además, parece 
que hizo muy bien las cosas, y los que estaban á su 
lado siempre le vieron sonreir... Durante un mes, 
los otros se quisieron... delante de él, y él los 



3o 



ALFONSO DAUDET 



miró quererse, sonriendo. Durante un mes, de- 
lante de él hablaba todo el mundo de porvenir y 
de felicidad, y él oía hablar y sonreía. El día de la 
boda llegó, y él seguía sonriendo. Pero cuando 
llegó la noche, un poco cansado de haber sonreído 
tanto, y no pudiendo sonreír ya más, el hermano 
mayor huyó de la casa paterna llorando todas las 
lágrimas que tenía dentro. 

Andrés, sollozando. 

¡Cállate, cállate! 

Agustín. 

El infeliz anduvo cuatro años por el mundo; in-: 
tentó olvidar... acaso olvidó. ^A costa de cuánto 
sufrimiento.^ El cuento no lo dice. Dice solamente 
que un día, sintiéndose el corazón más tranquilo,! 
quiso aquel hombre intentar una prueba, ¡la últi- 
ma!, y ver si podría vivir cerca de sus herma- 
nos. Y entonces... volvió, y entonces... y ent... 
¡No! Decididamente es un cuento demasiado tris- 
te... No le puedo acabar. Pausa, 

Andrés, acercándose á él. 
Agustín... ¡en nombre de nuestro cariño..! 

Agustín, sin oírle. 
Querías saber por qué me había marchado aque- 
lla noche célebre, hace cuatro años; ya lo sabes. 



EL HERMANO ^^ 



Bajando la voz. Me marché porque tú me dijiste que 
la querías; pero mentiste, ¡no la has querido nun- 
ca! ¡Ah! Tengo derecho á pedirte cuentas. ^Crees 
que hubiera sido yo capaz de hacer lo que has he- 
cho tú? Si hubiera yo logrado como tú aquel teso- 
ro; si como tú hubiera tenido el dolor de perderla, 
^habría pensado nunca en reemplazarla? ^ Lo 
crees..? ¡Claro! ¡Es que yo... la quería, y tú no! 
Bruscamente. ¿La hiciste feliz, al menos? ¡ Ay! Aho- 
ra te conozco: te he tomado medida al corazón. ¡Es 
así de pequeño! 

Andrés. 
Agustín, por favor, cállate, cállate. ¡No puedo 
seguir oyéndote hablar así! 

Agustín. 
No me oirás más. Ya he terminado. He dicho 
todo lo que tenía que decir. Ahora, haz el favor de 
mandar que vuelvan á bajar mis baúles y que en- 
ganchen el coche. 

Clara, á Andrés. 
¡Es imposible! No se puede marchar así. 

Andrés, sollozando. 
Ocúpate tú de disponer las cosas, Clara. Yo no 
tengo valor. Salen por la puerta de la izquierda. 



^^ ALFONSO DAUDET 



ESCENA VI 

Agustín, solo, 

¡Llorad, llorad, llorad! ¡De poco sirven lágrimasí 
Esta casa ya no es mi casa, no puedo estar en ella 
ni un momento. ¡Imposible, imposible! Y, sin em- 
bargo, ¡qué bueno hubiera sido vivir aquí, siquiera 
cerca de donde ella está, y cortar flores para ella.,. 
Aquí está, sí; aquí está mi Susana, á pesar de todo, 
y no me puedo separar de ella. 

ESCENA VII 
Agustín r Clara. 

c . ^ 

^LARA, sin atreverse á entrar. 
Agustín... Agustín... 
Cierra la puerta y se adelanta un poco. 

Agustín, volviéndose bruscamente. 
¡Dios mío! Esta mujer... otra vez! 

Claea. 
Dice usted bien... esta mujer... soy yo. Mientras 
enganchan tiene usted que pasar aquí unos minu- 
tos... y venía á ver si no necesitaba usted nada. 



EL HERMANO 33 



Agustín, muy frío. 
ji Nada, absolutamente. Muchas gracias, señora. 

Clara, desconcertada. 
Entonces... me retiro. Hace que se va, y vuelve. Ha- 
bía pensado que podía usted comer algo antes de 
marcharse. 

Agustín, con un poco de impaciencia. 

No, muchas gracias; no quiero nada. Buenos 
días, señora. 

Clara, sonriendo con tristeza. 

No; decididamente no me voy todavía. 

Agustín. 

Pero, señora, ^qué quiere usted de mí.^ Ya le he 
dicho á usted que no la conocía... que no quiero 
conocerla; ^por qué insiste usted? Le aseguro á us- 
ted que vale más no atormentar á las gentes. ¡Las 
mujeres no son generosas! Se dirige hacia la puerta. 

Clara, rápidamente. 

El coche no está aún listo. . . ; ya he dicho que avi- 
sen cuando esté. Pero, entre tanto, ha de oir usted 
,1o que tengo que decirle. ¡Oh, le aseguro á usted 

I 3 



34 ALFONSO DAUDET 



que no hay más remedio! ¡Antes me mata usted 
que dejarle marchar sin que me oiga! 

Agustín, después de haberla mirado un momento. 

¡Es verdad! Olvidaba yo que en todo esto anda 
un orgullo de mujer por medio... Si, comprendo; 
usted me odia, y se alegraría infinito de verme á 
cien leguas de aquí; pero entre usted y yo hay un 
tesón en pie, y si me marcho, pierde usted la par- 
tida; si me quedo, ¡qué triunfo! Sentándose. ¡Hable 
usted, señora! 

Clara. 

No es en mi orgullo de mujer en lo que usted me 
hiere si se marcha; es en mi cariño de esposa. Si, 
como usted dice, sólo fuera mi orgullo el que an- 
duviese en juego, no hubiera venido á exponerle á 
nuevas ofensas, á nuevas heridas. No se trata de 
orgullo. Se adelanta resueltamente. Setratade Andrés, 
de nuestro Andrés, que sufre. ¡Y usted es quien le 
hace sufrir! Y yo no quiero, lo oye usted, no quiero 
que nadie le atormente, y le prohibo á usted se- 
guirle atormentando. En primer lugar, no tiene 
usted derecho á ello, y para hacer lo que usted 
hace preciso es que sea usted un malvado ó un 
loco. Se detiene, le mira, y da un grito. ¡Dios mío! ¡Qué 



EL HERMANO 35 



estoy diciendo ahora! ¡No es verdad, no me haga 
usted caso! Yo soy la que estoy loca, la que no sé 
lo que me digo. Yo, que debiera arrodillarme de- 
lante de usted y suplicarle, le injurio á usted y en- 
cuentro malas palabras que decirle... Y, sin em- 
bargo, si pudiera abrirle á usted mi alma, no vería 
usted en ella más que respeto y admiración. Sí, 
tiene usted razón... hubiera sido más digno para 
Andrés el haber sido fiel á su dolor. Sí, tiene us- 
ted derecho á pedirle cuentas de su conducta, á in- 
dignarse por su derrota... Pero, créame usted, no 
es á él á quien hay que castigar. Yo tengo la culpa, 
toda la culpa. ¡Si supiera usted lo que he hecho 
para lograr su cariño! ¡Si supiera usted todo lo que 
he hecho para que olvidase...! ¡Si le dijera á us- 
ted...! ¡Pero ya he dicho demasiado, y ahora no 
querrá usted oirme! 

Agustín, con suavidad. 

Yo no la interrumpo á usted, señora. Cálmese 
usted y siga, se lo suplico. 

Clara. 

,íSí? Entonces se lo diré á usted todo. ¡Ojalá 
pueda convencerle á usted, que es nuestro juez, de 
que aquí no hay más culpable que yo! 



36 



ALFONSO DAUDET 



Agustín, 



Diga usted. 



Clara. 
Cuando conocí á su hermano de usted, ya lle- 
vaba un año de luto; pero ¡bien sabe Dios, que me 
oye!, que, después de un año, aún corrían sus lá- 
grimas y su dolor no había envejecido ni un día. 
Nunca hubo viudez más austera. Vivía solo, aquí 
dentro, lejos de toda alegría. Su casa estaba, como 
su vida, cerrada á todos. Algunas veces bajaba al 
pueblo é iba á sentarse en un hogar bien humilde • 
y bien pacífico... En casa de un anciano... mi tutor 
y mi tío... y allí le encontré por primera vez, el 
día mismo en que salí del colegio. Aún le veo sen- 
tado en un rincón, silencioso, vestido de negro. 
Estaba tan triste, que inmediatamente sentí deseos 
de acercarme á él para consolarle. A nosotras, 
mujeres, la compasión tarda poco en llevarnos al 
amor... No había visto más que tres veces á su 
hermano de usted y ya le quería con toda mi al- 
ma... El ni se enteraba, se lo juro á usted, y su 
pensamiento estaba bien lejos de mí. Mi presencia 
en la casa no había interrumpido sus visitas; esa 
era todo. Por mucho que yo hacía no conseguía 
que se fijase en mí... creo que ni me había visto... 
lo cual no me impedía quererle ¡y sufrir! ¡Ya lo 



EL HERMANO ^7 



creo! Una tarde estaba en casa, callado como 
siempre en su rincón; me puse al piano, y, casi 
sin pensar, empecé á cantar un canto de nuestras 
montañas, que me gustaba mucho, porque era 
triste. En cuanto terminé, Andrés se acercó á mí 
y me pidió con voz demudada que le cantase otra 
vez... 

Agustín. 
^Y entonces? 

Clara. 

Y entonces, canté; y para él fué una emoción 
tremenda oirme cantar, porque dice... que aquella 
canción la cantaba Susana, y yo tenía su misma 
voz... Desde aquel día me hice confidente de su 
dolor; hablamos de Susana todos los días. ¡Cuán- 
tas veces le he visto llorar al nombrarla! ¡Cuántas 
ha jurado delante de mí que no volvería jamás á 
querer á otra! ¡Figúrese usted yo! Poco á poco se 
acostumbró á las tristes confidencias. Mi presen- 
cia le era más necesaria cada día. Verdad es que 
yo, ciega de cariño y siempre deseando entrar un 
poco más en su corazón, empleaba todos los me- 
dios... bástalos más miserables... Bajando la voz. 
Por él supe cómo acostumbraba á vestirse la 
muerta... cómo llevaba el pelo... y yo, sin que él 



^^ ALFONSO DAUDET 



lo sospechase, me peinaba lo mismo que Susana y 
me vestía siempre de los mismos colores que 
ella... 

Agustín, estremeciéndose. 
¡ Ah! es horrible. Se levanta y pasa á la derecha. 

Clara. 
Y ahora, ^qué le diré á usted ya que no haya us- 
ted adivinado.^.. Después de un año de lucha, de 
paciencia, de angustia, sucedió lo que yo tanto 
anhelaba... Un día Andrés lloró sobre mi corazón; 
al siguiente, cayó en mis brazos, y desde entonces 
me creía feliz, hasta que esta mañana ha llegado 
usted, y toda mi felicidad se ha hundido. Llora. 

Agustín. 

No se aflija usted así, señora. Mi llegada ha po- 
dido turbar un instante la paz de esta casa; pero, 
después de todo, me marcho y nada le impedirá á 
usted seguir siendo dichosa. 

Clara. 

¡Dichosa! ¡ay de mí! De sobra sabe usted que no 
puedo serlo si usted se marcha... pero no, ¡es im- 
posible! No se marchará usted. ¡Por Dios, se lo 
suplico á usted! 



EL HERMANO 



39 



ESCENA VIII 
Dichos y Andrés. 

Andrés, que ha oído las últimas palabras de Clara, se 
coloca entre ella y Agustín. 

¡Basta, Clara! 

Clara. 

¡Andrés! 

Andrés. 

Basta de humillaciones y de lágrimas; hemos sa- 
bido vivir felices sin él, y seguiremos viviendo. 

Agustín. 
Ya lo oye usted, señora. Ya puede usted tran- 
quilizarse. 

Clara. 

No le haga usted caso. ¡Si se marcha usted, no 
me lo perdonará nunca! 

Andrés. 
¡Perdonarte, Clara!.. ¿Acaso eres culpable? No; 
si alguien aquí ha menester perdón es quien desde 
esta mañana se abroga derechos de acusador y de 
juez. A Agustín. Porque, después de todo, ¿quién 
eres? ¿quién te envía? ¿en nombre de quién ha- 



4Q ALFONSO DAUDET 



blas? ^-de qué suprema justicia te crees instru- 
mento? ^-Te ha encomendado Dios la misión de 
vengar á los muertos, á quienes se olvida, y de 
castigar á los vivos, cuya pena calmó el paso del 
tiempo? No, no; Dios, que ve nuestra flaqueza, no 
exige tanto de nosotros: no pide ni dolores eternos 
ni lágrimas inconsolables. ¡No te reconozco por 
justiciero! ¡No eres nuestro juez ni eres el venga- 
dor de Susana! ¡No eres más que un hombre que 
sufre y que quiere hacer sufrir á los demás! 

Clara, suplicando. 
¡Andrés, Andrés! 

Andrés. 
Ya le he escuchado antes: ¡ahora es preciso que 
él me oiga á mí! Te marchas para castigarme de 
haber querido á Clara. Según tú, hubiera yo de- 
bido conservar eternamente el luto, no volver á 
querer, sufrir siempre. ^'Es que puede uno querer 
ó no querer cuando se le antoja? ¡Se quiere, y nada 
más! A ella le tienes rencor por haber enjugado 
mis lágrimas; á mí, por haberme dejado consolar. 
^•A qué no estabas aquí para defenderme contra 
ella? Tú eres fuerte, tú eres valiente... yo ya sa- 
bes que no: soy cobarde... tengo el corazón así de 
pequeño... tú me lo has dicho. ^-Qué quieres? 



EL HERMANO 4^ 



También esta vez he sido débil, he sido cobarde; 
pero bendigo mi cobardía, porque á ella le debo mi 
felicidad. Clara: no llores, no tiembles. Te juro 
que te quiero, y que nada hay para mí más pre- 
cioso en el mundo que esta mano tuya que estre- 
cho ahora contra mi corazón. 

Agustín, sordamente. 

Pues estréchala bien, para que esta vez nadie 
venga á quitártela. 

Andrés. 
P Ven, Clara: dejemos á este corazón implacable. 
Note conoce, no sabe cómo eres, ni que tienes mi- 
sión de consolar en la tierra. 

Agustín. 

De todos modos, perdóneme usted; puede que 
haya sido hasta injusto. ¡Cuando se sufre tanto! 

ESCENA IX , 
^ Dichos y Juan. 

Juan. 

Señorita: he bajado los baúles, y el coche está 
listo. 



42 ALFONSO DAUDET 



I Clara. 

I ¡Vete! 

Juan. 



Es que se hace tarde, y como ios caminos están 
malos, más vale salir antes de que anochezca. 



Agustín, dirigiéndose al fondo. 
Está bien; ya voy. 

Clara. 

¡Agustín! 

Andrés. 
¡Hermano! 

Agustín. 



j 



No, no; para vosotros y para mí vale más que 
me vaya... Sí, es preciso; no podemos vivir aquí 
los tres. 

Clara. 

Pero si yo hago todo lo posible para que^usted 
no me vea ni me oiga nunca; si consigo hacerle 
olvidar á usted que existo... Ocuparé tan poco 
sitio... 

Andrés. 
Ya la oyes. Vete, si te atreves, ahora. 



EL HERMANO 



43 



Agustín. 

Acabaréis por volverme loco entre los dos. ^No 
veis lo que sufro al tener que arrancarme de aquí? 
^No comprendéis que estoy amarrado á esta casa 
por todas las fibras de mi corazón, y que al mar- 
charme dejo en cada rincón un pedazo... un ha- 
rapo de mí mismo? 

Clara. 

Pues no se vaya usted. ¡Esta es la casa de Susa- 
na, y ya no podemos vivir los tres en ella; usted 
sólo es quien debe vivir aquí! 

Agustín. 

^Cómo? 

Andrés. 

Tiene razón; tú no puedes ser feliz más que 
aquí. , 

Agustín. 

¿De veras? ¿Seríais capaces de hacer eso? ¿De 
dejarme esta casa? ¿Y vosotros? 

Clara. 
Nosotros tenemos el mundo entero para vivir 
queriéndonos. 



44 ALFONSO DAUÜET 



Agustín. 

Clara, Clara, me ha vencido usted; déme usted 
la mano. Alargando la otra mano á Andrés. Bien dices 

que tiene misión de consolar. Sí, acepto vuestro 
sacrificio; pero, en cambio, todo cuanto me perte- 
nece es vuestro; yo ya no necesito nada en el 
mundo. Perdonad á este pobre loco todo el daño 
que os ha hecho, y puesto que en todas partes, 
fuera de estas paredes, tenéis derecho á quereros, 
quereos sin remordimientos y sin escrúpulos. 
Ahora, gracias á vosotros, mi vida va á tener un 
fin. Esta muerta necesita alguien que la recuerde 
y que lleve luto de viudez por ella; su viudo seré 
yo, que la he querido tanto y que al fin voy á poder 
decírselo. jVoy á vivir solo, aquí, en esta casa, 
donde todo habla de ella; sufriré, lloraré..., y no 
habré sido más feliz nunca... nunca! 

Andrés. 

Pero, aunque no vivamos juntos, nos veremos 
á menudo, ¿verdad, Agustín.^ 

Agustín. 

Sí, muy á menudo. Bajo. ¡Pero no aquí! Acar- 
reándose á la ventana. ¡Ay, Susana, Susana! ¡Qué 



EL HERMANO 



45 



cuento tan raro de contar, ^verdad? el de un pobre 
hombre que era viudo á pesar de no haberse ca- 
sado nunca! 



TELÓN